La leyenda de Van Gogh perpetuada en el cine

Laura MONTERO @lauraaa_dreams

Hablar de Vincent Van Gogh (1853-1890) es hacerlo de obras cargadas de sentimiento. Los avatares personales se combinaron con su magistral dominio del color, y juntos recorrieron el camino hacia un arte grandioso que dejó una huella difícil de olvidar. Una leyenda perpetuada en las pantallas de cine con películas como El loco del pelo rojo (1956) o Loving Vincent, que aún sigue en fase de desarrollo.

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VIncent Van Gogh. Autorretrato, 1889

El poeta y crítico de arte Albert Aurier definía a Van Gogh como “un genio terrible y demente, a menudo sublime, algunas veces grotesco, siempre al borde de lo patológico”. No exageraba Aurier con sus afirmaciones. De hecho, el pintor neerlandés sería internado en varias ocasiones en instituciones psiquiátricas.

Uno de los episodios más graves lo vivió una noche en la que, según contó Gauguin, se abalanzó hacia él con una navaja que acabaría utilizando para cortarse el lóbulo de la oreja. Algunos de sus autorretratos más difundidos y emblemáticos fueron aquellos en los que aparece con el vendaje alrededor de la oreja herida. Era frecuente que Van Gogh sufriera este tipo de crisis nerviosas. Por eso, el propio artista llegó a decir que  “he puesto mi corazón y mi alma en mi trabajo, y he perdido mi mente en el proceso”.

Un estilo en formación

Sus composiciones son el reflejo de una estrecha relación entre vida y obra, dos aspectos indisociables en su trayectoria. La película El loco del pelo rojo (1956) realiza un amplio recorrido por los momentos más importantes en la carrera de Van Gogh, que influirán de forma decisiva en la evolución y desarrollo de su producción pictórica. El filme resulta de gran utilidad para poder comprender mejor la figura de Vincent Van Gogh en todas sus dimensiones. La trama no solo muestra el carácter impulsivo y pasional del artista, sino que ahonda en sus principales preocupaciones pictóricas.

Hijo de un pastor protestante, Van Gogh quería ayudar a los desgraciados y llevarles la palabra de Dios. Durante un tiempo ejerció como director espiritual de una región minera en la que estuvo destinado, pero pronto se dio cuenta de que quería enfocar su futuro hacia el ámbito de la pintura. En un primer momento, durante su etapa holandesa (1880-1886), Van Gogh retrató a campesinos y a obreros en sus labores, sintiendo especial fascinación por los tejedores. Una de las obras más destacadas de esa época fue “Los comedores de patatas” (1885).  Para Van Gogh, lo importante, más que el trazado del rostro, era captar los gestos de los personajes y resaltar su expresión, reflejo de la fatiga del trabajo duro.

En 1886, Van Gogh se trasladó a París para vivir junto a su hermano Théo, y allí permaneció hasta 1887. En ese período, concretamente desde mayo hasta junio de 1886, tuvo lugar en la capital francesa la última exposición impresionista, en la que participaron artistas como Monet, Pisarro, Renoir, Sisley o Cézanne. La película El loco del pelo rojo recrea el ambiente artístico del París de la época, donde los impresionistas querían imponer un nuevo estilo y romper con las reglas establecidas. En la trama se recrean los encuentros de Van Gogh con Pisarro o Seurat y, por supuesto, con Gauguin, que convivirá durante dos meses con él en su casa de Arlés.

Contacto con los grandes maestros

Aunque siempre mantuvo un espíritu libre, fiel a sus principios, Van Gogh trató de empaparse de los consejos y enseñanzas que le fueron dando todos esos artistas. Camille Pissarro, el mayor del grupo impresionista que tenía un especial interés por captar los efectos de la luz, le explicó que el problema estaba en traducir la luz al lenguaje de la pintura, y que cuando se pinta la naturaleza, hay que captarlo todo a la vez, pues lo que cuenta es la primera impresión.

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Van Gogh en el estudio de Seurat. Fotograma de la película El loco del pelo rojo, 1956

Van Gogh también visitó el estudio de George Seurat, impulsor del Puntillismo, técnica que consiste en pintar a base de pequeños puntos de color puro. La escena de la película que recrea el encuentro muestra a Seurat dando los últimos retoques a su famoso cuadro “Una tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte” (1884-85). Seurat daba mucha importancia al color, que aplicaba en toques yuxtapuestos sobre la tela para que la mezcla se produjera en la retina del espectador, lo que se conoce como mezcla óptica.
Van Gogh se sorprendió de que Seurat pintara esa obra de un exterior en el interior de su taller, con luz de gas. La explicación que le da Seurat es que “todo está calculado de antemano con matemáticos y precisos métodos científicos. Yo sé exactamente los colores que voy a usar antes de coger los pinceles. Mi paleta está preparada metódicamente siguiendo el orden del espectro”.

Debido a su carácter metódico, Seurat buscaba componer cuadros calculados y meditados, rechazando la ejecución improvisada del Impresionismo. Por eso, aunque sus obras partían del plein air, las terminaba en el taller. Por el contrario, Vincent Van Gogh sentía devoción por pintar al aire libre, hasta el punto de llegar a hacerlo bajo  condiciones climatológicas muy duras.

Arlés como vía de inspiración

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Vincent Van Gogh. La casa amarilla, 1888

Tras una convivencia un tanto complicada con su hermano Théo, Van Gogh decidió que había llegado el momento de hacer un cambio. Abandonó París y en octubre de 1888 se trasladó a Arlés buscando, como le escribió a su hermano en una carta, “ver la naturaleza bajo un cielo más claro”. Primero se hospedó en un deprimente hostal, que abandonaría por problemas con el dueño. Después se instalaría en una casa amarilla, por la que entraba el sol a raudales, un sitio para él solo donde podía trabajar sin que nadie le molestase. Ese llamativo edificio de forma cúbica sería plasmado en su obra “La casa amarilla” (1888).

Durante su estancia en Arlés desaparecen sus dudas y limitaciones. Según decía Van Gogh, en esa ciudad del sur de Francia trabajaba “como una locomotora, devorando pinturas, quemando telas”. Cada vez se concentraba con más intensidad y sentía su mano más segura. Su colorido adquirió una fuerza que nunca antes había tenido, pues los colores de aquel lugar le entusiasmaban.

Este estado de éxtasis se completó con la llegada de su admirado Paul Gauguin, a quien había conocido anteriormente en la tienda de Père Tanguy. Por aquel momento, Gauguin atravesaba una situación económica muy precaria, y Théo le convenció para que se trasladase a vivir con su hermano a Arlés. Van Gogh le preparó una habitación que decoró con sus famosos cuadros de “Girasoles, que había pintado para él como muestra de afecto.

Van Gogh y Gauguin: el choque entre dos genios

El entendimiento entre ambos artistas duró poco, puesto que Gauguin no soportaba el desorden físico y mental en el que vivía su compañero. Si bien, la mayoría de las discusiones surgieron por sus discrepancias artísticas. El estilo de Gauguin expresaba su modo de ver, la idea sin reparar en la realidad concreta. Pintaba lo que había en su cabeza, pues para él, el arte era “una abstracción, no un libro de láminas”. Gauguin prescindió de la naturaleza, buscaba armonías de color puro, deliberadamente compuestas y cuidadosamente calculadas. Por este motivo, criticaba los fuertes contrastes de color que utilizaba Van Gogh. Además, pensaba que sobrecargaba los pinceles dando pinceladas en empaste. Rechazaba asimismo su celeridad a la hora de pintar, aunque para Van Gogh el problema residía en que Gauguin miraba demasiado rápido.

Otro punto de desacuerdo entre ambos artistas era su opinión sobre pintores como Millet. Van Gogh admiraba sus capacidades para captar el espíritu humano y la dignidad del trabajo, así como para expresar en la pintura la palabra de Dios. En el lado opuesto, Gauguin se refería a él en tono despectivo como “ese pintor de calendarios con sus tonos grises y sus estupideces sentimentales”. En opinión de Paul Gauguin, no había nada más despreciable en la pintura que el emocionalismo. Este pensamiento suponía otro motivo de choque con Van Gogh, pues el artista holandés quería transmitir a través de sus cuadros sentimientos y estados de ánimo. En definitiva, anhelaba crear obras profundas, realizadas desde el corazón, que plasmasen emociones y pasiones.

La marcha de Gauguin, vacío incorregible

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Vincent Van Gogh. La viña roja, 1888

Ante las continuas discusiones, cada vez más acaloradas, Gauguin abandonó la casa amarilla. Este hecho produjo en Van Gogh una reacción desmesurada, fruto del miedo que tenía a volver a su situación de soledad. Cuando a la mañana siguiente Gauguin regresó a casa para recoger sus pertenencias, se encontró con su compañero debilitado en la cama, como consecuencia de haberse seccionado la noche anterior el lóbulo de su oreja en una terrible crisis nerviosa. A partir de ese momento, Van Gogh decidió ingresarse de forma voluntaria en el hospital Saint Paul de Musole, próximo a Saint-Rémy, para recuperar su equilibrio mental. Allí sería tratado por el doctor Peyron, que le permitió pintar, confiando en que podría ser una actividad beneficiosa y hasta necesaria para su buen estado, siempre que no se le permitiese incurrir en el exceso de trabajo y las emociones que produjeron su crisis anterior. Precisamente desde la ventana del hospital pintó cuadros de muy bella factura, llenos de imaginación, como “La noche estrellada” (1889), una de sus obras maestras, que forma ya parte de las historia con mayúsculas.

Esta segunda estancia de Van Gogh en París fue muy breve, ya que por recomendación de su hermano Théo se puso al cuidado del doctor Gachet, un médico homeópata que vivía en Auvers-Sur-Oise, una población cercana a París. En esa localidad realizó obras con pinceladas ondulantes y muy visibles como “Retrato del doctor Gachet” (1890) o “La iglesia de Auvers-Sur-Oise” (1890). En esa época Vincent Van Gogh se sentía cada vez más seguro de su pincel, trabajaba con premura, sin darse descanso, día tras día, como minero que presiente la catástrofe. El estado mental de Van Gogh parecía evolucionar de forma satisfactoria, pero en julio de 1889 sufrió otro ataque mientras pintaba en el exterior de la institución psiquiátrica. Según le explicó el doctor Peyron a Théo en una carta, fue su ataque más grave y prolongado. Una vez recuperado físicamente, Van Gogh abandonó la clínica y en mayo de 1890 se trasladó a París. Allí recibió la noticia de que la pintora belga Anna Boch había adquirido su cuadro “La viña roja” (1888) por cuatrocientos francos.

El ocaso del artista

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Vincent Van Gogh. Trigal con cuervos (1890)

Como le ocurrió a otros muchos pintores, Van Gogh no pudo disfrutar en vida del reconocimiento de su obra, adquiriendo verdadero éxito con carácter póstumo. El poeta Albert Aurier se refirió en una ocasión a él: “es un mesías (…) que regenerará la decrepitud de nuestro arte y quizá de nuestra imbécil sociedad industrial”. La catástrofe llegaría un día en que Van Gogh pintaba “Trigal con cuervos” (1890), en unos campos repletos de estas aves, que volaban con violencia alrededor de su lienzo. El momento es plasmado con gran realismo en la película El loco del pelo rojo (1956), dando lugar a una escena sobrecogedora. El pintor sufrió entonces un ataque de pánico. Escribió en un papel: “estoy desesperado, no puedo prever absolutamente nada, no veo ninguna salida. Mi alma se hunde”. Acto seguido, se pegó un disparo en el pecho. Según contaría el doctor Gachet, Van Gogh se negó a que le extrajesen la bala, muriendo así el 27 de julio de 1890.

Loving Vincent: pintar una película

Dos siglos después de su muerte, la figura de Van Gogh sigue suscitando interés en el mundo del cine. Desde hace más de un año, se está produciendo Loving Vincent, un biopic con un planteamiento muy original, pues todos sus fotogramas son pinturas al óleo, realizadas por un equipo de cien pintores.

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Fotograma del tráiler Loving Vincent

La calidad y belleza de las obras de Van Gogh hablan por sí solas, pero no cabe duda de que el cine actúa como el complemento perfecto en la difusión de su producción. El séptimo arte ha acercado las obras de Van Gogh a todo tipo de públicos. Un ejemplo más de que cine y pintura pueden ser grandes aliados. Sean Bobbitt, uno de los productores del filme, reconoce: “nos costó encontrar inversores, estamos pintando una película, en lugar de hacerlo en el ordenador. Pero la cuestión es que no es lo mismo hacerlo en el ordenador. En la gran pantalla se ve muy diferente. Con el estilo tan peculiar de Van Gogh, logramos ver el mundo a través de sus ojos”. La narración está basada en las cerca de 800 cartas que Van Gogh mandó a su hermano Theo y se centra en el último año de vida del pintor. La película, producida por los estudios BreakThru Films y Trademark Films, está previsto que se estrene a lo largo de 2017. Codirigida por Dorota Kobiela y Hugh Welchman, aspira a convertirse en el primer largometraje animado realizado con la técnica del óleo.

También te puede interesar…

  • Película El loco del pelo rojo (1956), dirigida por Vicente Minnelli y George Cukor.
  • Tráiler de Loving Vincent (estreno previsto en 2017), dirigida por Dorota Kobiela y Hugh Welchman.

 

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