Mujeres artistas frente al lienzo: recuperando la historia olvidada

Por Violeta GONZÁLEZ @violetagonzz

Las mujeres de la Historia del Arte en Occidente, aparte de modelos y musas,  pareciese que no hubieran existido hasta finales del siglo XIX, pero recientes investigaciones resaltan la existencia de pintoras desde la Alta Edad Media. Pasando por el Renacimiento, Barroco, Clasicismo y por supuesto, las vanguardias, la presencia femenina no sólo ha existido, sino que en muchos casos ha sido muy relevante en su época, cayendo después en el olvido por razones que van más allá de su talento.

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Tamara de Lempicka, Autorretrato en el bugatti verde, 1925

Simone de Beauvoir escribió: “Hay mujeres locas y mujeres de talento, pero ninguna tiene esa locura del talento que se llama genio” para después preguntarse “¿Cómo pueden las mujeres haber tenido nunca genio si les ha sido negada toda posibilidad de realizar una obra genial, o incluso una obra, simplemente?”. La pregunta que se hizo Beauvoir en el año 1949, cuando escribió El Segundo Sexo, aunque retórica, hoy parece empezar a responderse. La historiadora del arte Linda Nochlin en los años 70 decía que “el centro de la cuestión es que, por lo que sabemos, no ha habido grandes artistas, puesto que ha habido algunas muy interesantes y capaces no estudiadas y apreciadas suficientemente, como no hay grandes pianistas de jazz lituanos o grandes tenistas esquimales”.

Quizá en muchos casos no conocemos el cómo, pero hoy sí sabemos que al menos muchas sí pudieron, no sin impedimentos, ser creadoras. Muchos estudios de Historia del Arte desde comienzos de los años 70, han comenzado a desenterrar la obra de artistas en Occidente que han caído en el olvido de manera injusta por el simple hecho de ser mujeres. La ausencia de referencias femeninas, no sólo en la literatura o la pintura, sino también en la filosofía, la arquitectura o incluso en las artes decorativas, nos ha hecho creer que las mujeres artistas han sido escasas o que directamente, no han sido. Sin embargo en 1985 Chris Petteys había recopilado en su diccionario entradas de 21 mil mujeres artistas nacidas antes de 1900. En la actualidad este número muy probablemente haya aumentado, sin contar con las artistas nacidas durante el siglo XX. Esto demuestra que la concepción que tenemos es equívoca. Sí existieron, fueron relevantes, fueron conocidas y fueron olvidadas, muchas incluso tuvieron que ver cómo sus obras se atribuían a sus padres o maridos. Formaron parte de los movimientos artísticos importantes de occidente, desde La Edad Media en los scriptoria, al Renacimiento, el Barroco, el Clasicismo y por supuesto, las vanguardias. Pintando el Apocalipsis en códices, naturalezas muertas en sus propios hogares, escenas costumbristas, retratos de reinas, la naturaleza, sus interioridades y todo aquello que podía estar a su alcance ya que muchas no podían acceder como sus compañeros masculinos a todos los ámbitos de la vida pública y el conocimiento.

Los temas

Hay muchos temas artísticos que las mujeres históricamente apenas han podido cultivar, sobre todo las anteriores al siglo XIX, y otros a los que se han acercado con mayor frecuencia. Las flores y los bodegones, las escenas de costumbres y, fuera de la pintura, el diseño textil, han sido ámbitos más asociados en la tradición a las mujeres y también han sido los considerados menores. Esto fue hasta que llegaron las vanguardias y algunos artistas varones comenzaron a interesarse por su elaboración. La pintura de flores, como comentaba Bea Porqueres en Reconstruir una tradición, es un género que siempre se ha denostado, pero hasta el maestro del Barroco Caravaggio, apuntaba que pintar flores requería más habilidad que pintar figuras.

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Georgia O´Keefe, líneas grises, con negro, azul y amarillo, 1923

Georgia O’Keefe también comentaba “Odio las flores. La pinto porque salen más baratas que los modelos. Además, ¡no se mueven!”, quizá justificándose ante la creencia de que las flores son del ámbito femenino. Por el contrario el desnudo, sobre todo el representado en escenas mitológicas, ha sido considerado uno de los grandes temas por excelencia en la pintura anterior al siglo XIX. Las mujeres tenían limitaciones para cultivarlo, ya que pocas veces podían ingresar en las academias y no tenían acceso a estudios de anatomía, y de tenerlo, resultaba indecoroso para una dama estar frente a un cuerpo desnudo. Hasta casi entrado el siglo XX era totalmente impensable y, a partir de entonces, poco habitual en al menos los primeros 70 años.

En el caso del diseño textil aún hoy a muchas personas les cuesta reconocerlo como un arte. Las actividades creativas tradicionalmente vinculadas a lo femenino se han considerado siempre artesanía, legando a muchas de las creadoras al anonimato. Sólo cuando los artistas de finales del siglo XIX y principios del XX, con movimientos como el Arts & Crafts, comenzaron a acercarse a ellas, sus autores comenzaron a  tener nombre y apellidos. Lo mismo ocurrió con la novela, género literario considerado “de mujeres”, es decir, de menor relevancia en el siglo XIX, que cuando comenzó a ser practicado por hombres subió de escalafón. Los impedimentos de las mujeres para acceder al ámbito artístico han sido más numerosos que las facilidades. Pero aún habiéndolo conseguido, su arte se ha considerado menor y menos relevante que el de los hombres. Y no es por falta de talento ni por falta de “genio”. Muchas artistas poseían la calidad, e incluso el reconocimiento en vida, pero pocas consiguieron quedarse en los manuales de Historia del Arte, sobre todo las anteriores a las vanguardias.

El genio

Que Beavoir afirmase que no hay mujeres con genio no es baladí. Su afirmación está llena de ironía, pues durante años, se ha creído que era un rasgo que la mujer no podía poseer. Es más, no sólo el genio, sino todo tipo de creatividad artística. Desde Bocaccio apuntando que “El arte es ajeno al espíritu de las mujeres”, al famoso pintor impresionista Auguste Renoir sobre sus compañeras féminas a finales del siglo XIX diciendo que “La mujer artista es sencillamente ridícula”. En su investigación sobre las mujeres creadoras, Virginia Woolf esclarecía en Una habitación propia toda la bibliografía en contra del concepto de la mujer como persona creativa que se había escrito hasta el momento. El volumen de libros era apabullante. Y no sólo se trata de opiniones de historiadores y críticos de arte aisladas, conforma una visión estructural muy interiorizada por la sociedad hasta hace no tanto. Gregorio Marañón escribía en la Revista de Occidente en el año 1932 que “los oficios que exigen minuciosidad, paciencia y habilidad manual a cambio de poco gasto de tensión muscular y nerviosa y poca inventiva, caen dentro de las aptitudes biológicas de la mujer” para luego decir que las que sí habían superado en vigor a los hombres eran de “feminidad débil”. Opiniones así, supuestamente apoyadas en evidencias científicas hicieron que toda la sociedad tomase estas creencias como ciertas, incluidas las propias mujeres, que en muchos casos se auto limitaron.

Cuando ya era innegable que las mujeres podían tener creatividad, se relegó a éstas al ámbito de lo bidimensional, es decir, la tela y la pintura. Con el nacimiento de la arquitectura moderna, las legislaciones ya comenzaban a reconocer la igualdad entre sexos. De la mano de la República de Weimar nació la Bauhaus, cuna del racionalismo arquitectónico y el funcionalismo alemán. La nueva constitución permitía por primera vez en Alemania el acceso en igualdad de condiciones que las de los hombres a las mujeres,  en cualquier tipo de estudios. Aún así, Walter Gropius, fundador de la escuela, al ver que se habían intentado inscribir 84 mujeres frente a 79 hombres, decidió cambiar el ratio de admisión de ellas a una tercera parte y cobrarles treinta marcos más de matrícula. Al final el precio se igualó, pero no la facilidad de acceso, pues pidió al consejo de maestros que sólo admitieran a mujeres de “extraordinario talento”. Así lo mostró Josenia Hervás en Las mujeres de la Bauhaus: de lo bidimensional al espacio total. La autora analizó en su obra el pensamiento de la época, en la que se consideraba que la mujer no podía ejercer la arquitectura, porque no tenía capacidades de pensar en abstracto ni relacionarse con lo tridimensional. Esto desvió a muchas creadoras al taller de textil, aunque ellas quisieran optar por otras especialidades, muchas de ellas convencidas que al ser mujeres no tenían realmente capacidades tridimensionales. Sin embargo, sí hubo arquitectas en la Bauhaus y varias alumnas trabajaron en el taller de Gropius en igualdad de condiciones que sus coetáneos varones. Con el avance de los años, dentro de la propia escuela y del pensamiento del fundador, esta idea se fue disolviendo. Hoy sabemos que estos conceptos están superados, pero el poco reconocimiento que reciben las mujeres arquitectas es en gran parte herencia de aquellos años.

Algunas pioneras

En la Alta Edad Media aparece la primera pintora que se conoce en la historia. Se llamaba Ende, e iluminaba códices en el siglo X, con miniaturas llenas de simbolismo. Durante muchos años se ha atribuido este nombre a un varón, pero su firma en el manuscrito del Beatus del Apocalipsis, conservado en Gerona dicta “Ende pintrix et Dei aiutrix”, que significa “Ende, pintora y sierva de Dios”. En el Renacimiento, Sofonisba Anguissola cosechó éxitos que más tarde los libros de Historia del Arte obviaron. Tuvo contacto con Miguel Ángel en Roma, quien alabó su obra. También Vasari, uno de los padres de la Historia del Arte la valoró e introdujo como personaje de relevancia en su diccionario. Por ser mujer, no podía cobrar por sus obras ni firmar sus cuadros, lo que hizo que durante muchos años sus obras fuesen atribuidas erróneamente a pintores varones. En el Barroco, mujeres tan importantes como Clara Peeters y Josefa de Óbidos son sólo algunos ejemplos de los muchos que se conocen. Josefa de Óbidos no sólo fue mujer y artista, sino que fue la impulsora del Barroco en Portugal y muy significativa para el desarrollo de este estilo en la Península Ibérica.

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Josefa de  Óbidos, Cordero Pascual, 1660-1670

En el siglo XVIII, cuando comienza a institucionalizarse la enseñanza artística, pasando de los talleres a las academias y separando los gremios artesanales de los considerados artísticos y a las que las mujeres tenían acceso sólo en contadas ocasiones, nace una de las retratistas más importantes de la historia del arte universal: Élisabeth Vigée-Lebrun, que fue aceptada en todas las academias, no sin dificultades.  En el siglo XIX las mujeres creadoras en todos los ámbitos empiezan a aflorar en número y acompañando éste fenómeno, surge la misoginia acérrima del siglo XIX, tan conocida y estudiada. Mientras se creaba la polaridad casi mitológica entre mujer lánguida y casta y la femme fatale de muchos creadores decimonónicos en toda Europa, figuras tan importantes como Berthe Morisot o Mary Cassat comenzaban a finales de siglo a desenvolverse de manera activa dentro del movimiento que abrió el camino a las vanguardias: el Impresionismo. A ambas se las nombra las últimas de la lista cuando se habla de este movimiento. Tanto Morisot como Cassat cultivaron en gran volumen las escenas caseras y familiares y muchos estudiosos creen que esto es lo que las relegó durante muchos años a la categoría de “artistas femeninas”, denostándose su arte.

 

El siglo XX

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Sonia Delaunay diseñando en su estudio

Podríamos pensar que la historiografía se ha portado mejor con las creadoras de las vanguardias históricas y el panorama parece más alentador. Sin lugar a dudas durante este siglo han quedado en la memoria muchas más mujeres creadoras que durante los anteriores, pero pensar que toda recuperación de la historia está superada puede ser precipitado. Esto se debe en parte a la complejidad del estudio de esta etapa, de la que surgen incontables artistas y también a la deriva, herencia de los siglos anteriores, de fijar más la mira en los creadores varones. Hay numerosos nombres de mujeres que resuenan en nuestra cabeza: Frida Kahlo, Georgia O’Keefe, Sonia Delaunay y Tamara de Lempicka son algunos de ellos. Pero cuando se habla de vanguardias, las mujeres que destacan parecen ser casos aislados. Movimientos como el expresionista, el cubista, el futurista, el dadaísta y el surrealista pareciese que sólo tuviesen genios masculinos. Incluso el Futurismo, abiertamente misógino, contó entre sus filas con escritoras como Rosa Rosá o Enif Robert. Como sucede con el Impresionismo, las mujeres que formaron parte de los grupos vanguardistas suelen ser nombradas en último lugar, tras sus compañeros varones, aunque muchas de ellas fuesen igual de importantes.

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Liubov Popova junto a una de sus Arquitecturas pictóricas

En algunos movimientos, como el cubismo, la historia ha hecho más justicia, destacando con más asiduidad talentos como el de Sonia Delaunay o las numerosas pintoras rusas, como Liubov Popova o Natalia Goncharova. En otros, sin embargo la justicia no se ha llevado tan a cabo.

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Sophie Taeuber junto a su Cabeza Dadá, 1920

Un ejemplo muy claro es el Dadaísmo, que rompió con todos los moldes de una manera tan radical que el propio movimiento tuvo que autodestruirse, pues había perdido el sentido. Los conceptos del Dadá versaban sobre la obra de arte como algo irónico, era el anti-arte, la mofa, la deconstrucción total de la creación y la conceptualización llevada hasta límites insospechados. Cabe pensar que en este contexto artístico, casi ideológico y de modo de vida, las barreras de género eran más difusas. Y así era, aunque parece que los historiadores del arte no han tenido las mismas consideraciones. Las mujeres del Dadá son algunas de las grandes olvidadas del siglo XX. Raramente se las menciona, y si se hace, es en relación con sus compañeros sentimentales y nunca como artistas con talento propio. Así, por ejemplo, cuando se habla de Hans Arp, se habla poco de su mujer, Sophie Taeuber Arp, a pesar de ser una parte imprescindible de su obra, pues ambos trabajaron durante muchos años en obras conjuntas. Sin embargo, cuando se trata de hablar de ella, la figura de su marido se menciona como eje central. Hans Arp introdujo a Taeuber al círculo Dadá, pero antes de eso ella ya era creadora y contaba con esas características de libertad de creación tan típicas del círculo de Zurich. Con mucha investigación aún por hacer y zonas oscuras en su historia, lo que sabemos de esta artista es que llevaba la creatividad a todas las ramas posibles, desde el diseño textil, creando sus propias ropas, pasando por la danza, las marionetas, la pintura, la escultura e incluso el diseño de interiores.

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Sophie Taeuber Arp, Composición vertical-horizontal, 1917

Su Composición vertical horizontal es una de las primeras manifestaciones de arte abstracto. Durante muchos años los historiadores han considerado que la artista multidisciplinar obtuvo su inspiración en la obra de su marido. Pero parece ser que fue al contrario. Las condiciones de producción de textil de la época obligaban a desarrollar diseños más sencillos y con menos colores, algo que la artista supo aprovechar. El propio Arp habló sobre la influencia que había tenido en su obra: “La clara serenidad de las composiciones verticales y horizontales de Sophie Taeuber influyó en el recargado dinamismo diagonal de mis  composiciones abstractas”. Más adelante, no se puede afirmar que uno inspirase al otro, pues sus obras estaban mutuamente influenciadas. Este es sólo un caso. Tampoco Emy Hennings era sólo la esposa de Hugo Ball, sino que fue la dueña y fundadora del Cabaret Voltaire, centro de reuniones del dadaísmo en Zurich, además de ser poeta, performer y bailarina. Ni Elsa Von Freytag era sólo la mujer que se enamoró locamente de Duchamp, sino una que convirtió su cuerpo en su obra de arte, que conceptualizó con objetos de la vida cotidiana, muy cercanos a los ready-made del artista francés y posible inspiradora de ellos. Tampoco Suzanne Duchamp era sólo su hermana, sino que con su propio talento supo captar la esencia del Dadá en sus collages-pintura-poema.

 

Existen infinidad de ejemplos para cada siglo de la Historia del Arte en Occidente de mujeres que consiguieron salirse de la norma y ejercer un papel distinto al que la sociedad les había impuesto. En la actualidad parece que el interés por desenterrar sus historias, y con ellas su obra, ha crecido exponencialmente, para llenar ese vacío de algo que sí existió, pero que no se ha recogido en los libros. Tanto en pintura, como en escultura, arquitectura, literatura y artes aplicadas, la figura femenina no ha servido sólo de modelo y de musa. Con estas investigaciones puede que por fin salte al otro lado del lienzo y reciba el reconocimiento que se merece. De otra manera, la sociedad estaría perdiendo una parte muy valiosa de su historia.

BIBLIOGRAFÍA

CASO, Ángeles (2005): Las olvidadas, una historia de mujeres creadoras. Barcelona, Planeta.

HERVÁS Y HERAS, Josenia (2015): Las mujeres de la Bauhaus: de lo bidimensional al espacio total. Buenos Aires, Diseño.

LÓPEZ-AYLLÓN BAREA, Laura (2013): “En o Ende, la más antigua de las pintoras medievales (pintrix) conocidas” en La mirada actual. En http://lamiradaactual.blogspot.com.es/2013/03/en-o-ende-la-mas-antigua-de-las.html [fecha de consulta: 30 de diciembre de 2016].

LOZAR, MD (2014): “Sophie Taeuber-Arp” en Cuaderno de Notas. En http://mlozar.blogspot.com.es/2014/10/sophie-taeuber-arp.html [fecha de consulta: 30 de diciembre de 2016].

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