Más de cien años de amor en el arte contemporáneo

Por Irene JIMÉNEZ @AFLEDU

Besos tiernos, besos amistosos, de amantes, abrazos, caricias, lujuria, amores prohibidos, amores secos, amores dulces, amores peligrosos…

-Mucho tiempo atrás-

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Peter Paul Rubens, El Jardín del amor, 1630-1635

Hasta la época del Renacimiento los pintores no se arriesgaron a representar el amor como un fenómeno personal o existencial, sino más bien como algo mitológico o sublime. Sin embargo, el autor barroco Pedro Pablo Rubens (1577-1640), pintó en 1635 El Jardín del Amor, una escena galante en la que las figuras de niños alados o “amorcillos” se convierten en la representación del amor, aparecen disparando flechas, arrojando flores o portando coronas.  A partir de ese momento los autores comenzaron a retratar este sentimiento en todo su esplendor o con gran sutiliza en todas las disciplinas artísticas.

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Antonio Canova, Psique reanimada por el beso del amor, 1787-1793

Psique reanimada por el beso del amor (1787-1793), una de las esculturas más famosas de Antonio Canova (1757-1822). Eros despierta a Psique en una posición que transmite sensualidad y el amor existente entre ellos. La joven Psique se reanima de su sueño viendo con los ojos entrecerrados el rostro extasiado de Eros, que la sostiene con extrema delicadeza por debajo del pecho. Ambas figuras reflejan una gran complejidad psicológica y erótica.

Los pies de Eros ponen un límite externo, los dos cuerpos se encuentran visualmente en un punto suspendido en el vacío entre los labios de los amantes, donde se cruzan las alas de Eros y los vestidos de Psique. Además, Canova hizo uso de los múltiples puntos de vista para observar y analizar las obra desde todos sus ángulos. Esta sucesión de posiciones alteran y enriquecen la visión del espectador. Caricias, un beso delicado, miradas abstraídas junto al erotismo, hacen que esta escultura transmita amor por si sola.

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Francisco Hayez, El beso, 1859

Casi un siglo más tarde, el italiano Francesco Hayez (1791-1882) pintó El beso (1859). Esta pintura perteneciente al romanticismo y muestra una impecable ejecución y técnica además del interés por este tema univesal: la fuerza del amor.

El observador se siente atraído por la sensualidad que transmite el abrazo de los dos amantes y que envuelve toda la escena. Su autor es capaz de retratar el fuerte vínculo existente entre los protagonistas dejando en un segundo plano el resto del cuadro. Consigue transmitir el peligro, la sensualidad y la naturalidad de un beso, del amor en su máximo esplendor.

-Más de cien años de amor en el arte contemporáneo-

A finales del siglo XIX surgen artistas jóvenes y rebeldes que quieren dejar atrás las normas de la Academia y elaborar obras ajenas a la perfección y esteticismo reinante. El primer movimiento contemporáneo en aparecer fue el Impresionismo, que nació en Francia en 1874 y perduró hasta aproximadamente 1886. El amor en el impresionismo fue retratado por varios artistas, de entre los que destacamos a Pierre-Auguste Renoir y Édouard Manet

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Pierre-Auguste Renoir, Los enamorados, 1875

Renoir (1841-1919), pintó su obra Los enamorados en 1875, protagonizada por la actriz Henriette Henriot y el pintor Franc-Lamy. Los dos modelos están representados a plein-air envueltos en una atmósfera natural, en una zona de sombra que presenta las habituales tonalidades del impresionismo. El contraste con la zona de sol resulta interesante, quedando algunas zonas iluminadas a través del follaje como la mano del joven enamorado. Ambos protagonistas se funden con la atmósfera natural que les envuelve. El ambiente del cuadro sirve para subrayar las relaciones emotivas y sensuales que existen entre sus personajes. Las pinceladas son rápidas y empastadas, sin atender a detalles, dotando de volumetría a las figuras gracias al delicado dibujo al que siempre Renoir hizo gala. Todo ello, junto a las miradas y posturas de los protagonistas, hacen que el cuadro evoque por si solo dulzura, cariño y amor. Se retrata a un joven embobado ante la chica que muestra una sonrisa tímida. Es un amor cálido, acogedor y vergonzoso, donde no hay muestras de pasión pero sí un claro aroma de admiración, aprecio y devoción.

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Édouard Maner, Pareja en el Père Lathuille, 1897

En esa misma época, Édouard Manet (1832-1883) pintó cuatro años después (1879) Pareja en el Père Lathuille, dos enamorados sentados en una terraza mirándose como si el resto del mundo no existiera. En el tranquilo jardín del restaurante Chez le Père Lathuille, ubicado en Clochy Avenue, frecuentado por Manet, el hombre joven está cortejando a una chica. Los protagonistas son Louis Gauthier Lathuille, hijo del dueño del restaurante, y Ellen Andrée. La pincelada rápida, el uso del color y la posición de los protagonistas reflejan la naturalidad de una mirada amante y tierna que despierta una sensación de cariño y entusiasmo, un flechazo disimulado cuyos rostros delatan.

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Auguste Rodin, El beso, 1886

En la década de los 80 del siglo XIX, El beso (1886) de Auguste Rodin(1840-1917)está inspirado en los amores de Paolo y Francesca, una  versión moderna y, a la vez, intensificada de la pasión en la escultura. La pareja abrazada de El Beso apareció originalmente en la parte inferior de la tercera maqueta de La puerta del Infierno (1880-1917) también de Rodin. Más tarde fue extraída de manera individual de esa puerta y se convirtió en un icono. La escultura traduce un planteamiento literario en el que la pasión no proviene tanto del acto en sí sino que se trata del movimiento mismo anterior a la pasión, cuando ésta no ha arrastrado todavía a los hombres al pecado. Las figuras talladas por Rodin son dos adúlteros que aparecen como condenados en el infierno de La divina comedia de Dante Alighieri. El beso, representa el momento exacto en que Paolo y Francesca son sorprendidos por el hermano de Paolo y esposo de Francesca, se plasma así un momento único, el amor y la traición hecha escultura. Huyendo de un punto de vista único, podemos ver la intensidad del amor desde distintas perspectivas y ángulos. Es una de las imágenes más conocidas de amor físico en la historia de arte, sin embargo, pocos conocen que en realidad es una historia de amor prohibido la que alza a esta obra como representación universal, idealizada y atemporal del enamoramiento carnal.

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Henri Toulouse-Lautrec,  En la cama, 1892 y El beso, 189

Henri Toulouse-Lautrec (1864-1901), pintor postimpresionista francés, es uno de los autores que más retrató el amor íntimo. La atracción de Toulouse-Lautrec por las maisons closes (burdeles) fue el resultado de que en 1892 recibiera el encargo de decorar el salón de un prostíbulo en la rue d’Ambroise. Produjo así dieciséis retratos de las residentes del prostíbulo, y su serie de cuatro pinturas sobre mujeres en actitud amorosa. De entre todas destacamos en primer lugar El beso (1892). En este cuadro vemos a dos mujeres que son contempladas por el pintor sin ninguna reserva, poniendo de manifiesto su cariño y eliminando todo tipo de tapujos. Logra transformar la concepción de amor sucio y de pecado en un amor pasional y bonito. Lo mismo ocurre con su obra En la cama, el beso (1892) que representa sin pudor una vez más el lesbianismo como algo erótico, pero a la vez tierno, con enorme naturalidad y evidente simpatía por las retratada.

Estas obras están claramente relacionadas entre sí, aunque, al contrario de lo que se pueda pensar, e independientemente del beso entre las dos mujeres, no siempre corresponde a una relación sexual. Muchas de las prostitutas dormían juntas en las habitaciones de los burdeles, trato familiar que tenía como consecuencia determinadas muestras de amor, cariño y vínculos fraternales. Este beso no es erótico, representa seguridad ante un mundo hostil e indiferente, un amor protector e íntimo.

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Edward Munch, El beso, 1897

A finales de siglo, el noruego Edvard (1863-1944) Munch pintó tres telas con el título de El beso, de las cuales la más conocida es la versión de 1897 y que forma parte de su serie El friso de la vida, representando las etapas de la relación entre hombres y mujeres. En este cuadro vemos dos cuerpos poco definidos que se abrazan tan intensamente que emiten una temblorosa aura, vibraciones marcadas con el pincel a su alrededor. Esta fuerza hace que ambos protagonistas se fundan en una mancha negra en la que apenas se encuentran delimitadas sus siluetas, los dos se vuelven uno, quedan sin identidad. La tensión de los protagonistas en ese beso sin límites nos muestra algo que va más allá del amor y del deseo.

No obstante, esta vez, más que erotismo hay un deseo irrefrenable de posesión, de sometimiento; la excitación sexual parece comenzar a desbordarse. La mujer, en actitud pasiva, no se resiste al abrazo, y hasta apoya cálida y tímidamente sus dos manos sobre aquella espalda encorvada. Respecto a la técnica, Munch hace uso de aquella que le caracteriza: pinceladas largas y de alguna manera toscas, que parecen trazos más manchados que pintados, colores brutos (en este caso oscuros y apagados) y desfiguración de los rostros y las formas.

Entre 1907 y 1908 surge un punto de inflexión en lo que a la representación del amor en el arte respecta. En estos años, el pintor Gustav Klimt (1862-1918) elabora su famoso cuadro El beso (1907-08), la obra por excelencia que personifica el amor puro, la dulzura y el cariño en una pareja. Es un óleo elaborado con pan de oro inspirado en los iconos bizantinos rusos. Sobre un fond neutro en el que destaca el suelo floral en el que se situan los amantes. Klimt usa diferentes formas para cada sexo, a la mujer le corresponden los círculos y las curvas, mientras que al hombre lo ortogonal.

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Gustav Klimt, El beso, 1907-1908

Con esta pintura el autor celebra el erotismo y la belleza, muestra a dos amantes que se fusionan en un frenesí de coloridas formas y joyas en un estilo contemporáneo. Sus cuerpos están encerrados en un mágico capullo de oro, una aureola dorada, de la que apenas escapan las cabezas y las manos. Sin embargo, el prado sobre el que se arrodilla la pareja finaliza de forma brusca, como si Klimt quisiera situar a los amantes al borde del precipicio, símbolo de peligro al que puede llevar el amor y la relación.

Con este cuadro, el autor culmina sus investigaciones sobre el tema del deseo humano a finales de la “fase dorada”, etapa dominada por el decorativismo en la que las líneas sinuosas se adueñan del conjunto. Esta obra es el símbolo de la reconciliación y unión de los sexos.

La cabeza de la mujer presenta una postura inclinada hacia atrás y vuelta de lado, mirando hacia la posición del espectador aunque tenga los ojos cerrados. Su expresión unida a la postura de la joven hace que algunos críticos lo hayan interpretado como un rechazo ante la agresión al que la somete el hombre, intentando evitar el dominio masculino sin un resultado positivo.

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Cosntantin Brancusi, El beso, 1908

En ese mismo año (1908), Constantin Brancusi (1876-1957) dentro de su etapa primitivista esculpió El beso, en la que se nota la influencia  picassiana. Brancusi sintetiza el bloque de piedra en dos cuerpos que se abrazan y se besan. La textura es tosca, evita el pulido para evidenciar la talla directa y los instrumentos empleados. Tiene una fuerte influencia primitiva en el modo de representar los ojos, la incisión del cuerpo, el cabello ondulado y los brazos.

En este beso no hay sentimiento, el autor no quiere mostrar el aspecto sentimental de ese abrazo, ni la dulzura ni la pasión, tan solo el acto de besar de la manera más simple e inexpresiva posible, tampoco identificamos apenas el sexo de los amantes. Concibe la escultura como un bloque. Esta tosquedad contrasta con la sencillez de las formas de los personajes (vinculándose así a las formas escultóricas más primitivas). La sencillez presente tiene así un correlato en el sentimiento de los amantes: dos personas diferentes que a través de un sencillo acto de amor se funden en una sola.

11El expresionista Egon Schiele (1890-1918), alumno de Gustav Klimt, evolucionó hacia un estudio pionero del cuerpo humano entre lo sexual y lo descarnado. Las poses eróticas fueron una constante en la obra de Schiele, escandalizo a la sociedad de su época hasta el punto de ser acusado de corrupción de menores. En 1917 pintó El Abrazo (Amantes II), una obra  en la que las figuras explicitas con el sentido de unión, dos amantes desafiándose entre sí, creando una contradictoria tensión en el amor. El punto de vista es desde arriba, hay un gran dinamismo (cabellos ondulantes, inestabilidad, composición diagonal…) y, a diferencia de su maestro Klimt, Schiele nos muestra una realidad mucho más descarnada.

En El abrazo la sábana cumple tanto una función simbólica (aislar y proteger a los personajes) como una función estructural. Actúa como elemento transitorio entre el modelado realista de los cuerpos y la pictórica abstracción del fondo, a base de nerviosas y pastosas pinceladas

La artista polaca Tamara de Lempicka (1898-1980) nos dejó, dentro del movimiento Art decó, su obra El beso (1922), en la que un hombre con sombrero va a besar a una mujer con los labios rojos. René Magritte (1898-1967) retrató un amor prohibido en Los amantes (1928), en el que las caras de los protagonistas se ocultan tras dos velos mientras se funden en un tímido beso. Hay un predominio del granate, azul y negro, destacando el blanco por encima de  todos para subrayar el efecto mojado de la tela que los cubren. El hecho de que Magritte tapara a los personajes en muchas de sus obras con una tela se debe a que de pequeño su madre se suicidó tirándose al río Sambe y al sacarla ésta tenía la cara cubierta por la tela de su camisón. El trapo húmedo de Magritte destruye cualquier idea de beso al prohibir a los protagonistas de sensaciones. El beso (1969) cubista de Pablo Picasso (1881-1973), e Drawing for Kiss V (1963) de Roy Lichtenstein (1923-1997) son otros de los muchos ejemplos de obras famosas en las que la amor se convierte en la temática central de la obra.

Para saber más:

IZQUIERDO, Violeta: Movimientos Artísticos Contemporáneos: Del Impresionismo al Pop Art, Fragua, Madrid, 2012.

Webs:

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