Renoir: Impresión de un retratista

Por Ada NUÑO @adasaurio

La intimidad de Renoir (que no debe confundirse con su lado íntimo) podrá verse en el museo Thyssen-Bornemisza desde el pasado 18 de octubre hasta el 22 de enero de 2017. La muestra, con más de 70 piezas, comisariada por el director artístico del museo, Guillermo Solana y con el mecenazgo de la Japan Tobacco International (JTI), es una exposición itinerante que se exhibirá posteriormente en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) destaca, entre todos sus compañeros impresionistas, – recuérdese, aquel movimiento que sentó las bases para todos los artistas que vendrían posteriormente-, por dos motivos: el primero, porque frente a los paisajes de Monet, de Pisarro, de Guillaumin, que tratan de atesorar para siempre un momento determinado, Renoir prefirió con mucho retratar la psicología humana. Según su propio hijo, el cineasta Jean Renoir, Auguste, -como le sucedía a Goya-, necesitaba empatizar con el objeto retratado, ya fuera una persona, una manzana o una flor. “Mi padre miraba las flores, las mujeres, las nubes del cielo como otros hombres tocan y acarician”, diría. ¿Y el segundo motivo? Aún más complicado que el anterior: Renoir es el pintor de la felicidad, esa a la que es tan difícil encontrar, por mucho que la busquemos.

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Jean-Auguste Renoir, Charles y George Durand-Ruel (1882)

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Jean-Auguste Renoir, Dos niñas leyendo en un jardín (1890)

Un logro, sin duda alguna, pues la vida del pintor no fue fácil. De orígenes humildes (al contrario, de nuevo, que la mayoría de sus compañeros), no tuvo una posición estable en París. Esta humildad fue, probablemente, la que marcaría su carácter, dado que odiaba la falsa pretensión y las poses intelectuales.  En su juventud solía frecuentar las casas de Monet o de Sisley, puesto que no tenía un hogar donde residir. Tampoco disfrutó nunca de buena salud, y en sus últimos años sufrió permanentes dolores a causa del reumatismo. Aun así jamás dejó de pintar. “Para mí un cuadro ha de ser algo alegre y hermoso. Ya hay demasiadas cosas desagradables en la vida como para que nos inventemos más”.

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Jean-Auguste Renoir, Niño con fusta (1885)

Y la manera de plasmar esa alegría fue, justamente, mediante las personas. La exposición recorre la intimidad de diversas formas. Social, familiar, amistosa, erótica, los rostros al otro lado del cuadro también son la descripción de un momento, la pincelada rápida que caracteriza a los impresionistas. Al final de la exposición encontramos una obra que podemos experimentar de diversas formas, usando todos nuestros sentidos. El color y la alegría se palpan en el ambiente pero ¿acaso no es eso, en sí, un triunfo? ¿No es más fácil mostrar la tristeza y la desesperación como ya hicieron Rimbaud, Munch, Kafka, Baudelaire y tantos otros? Retratar la felicidad, aunque no se sienta, es probablemente la más difícil de todas nuestras tareas.

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Jean- Auguste Renoir, Mujer con sombrilla en un jardín (1875)

El 2 de diciembre de 1919 falleció Renoir. Curiosamente, acababa de finalizar otra de sus naturalezas muertas. Su último ejercicio de empatía.

http://www.museothyssen.org/thyssen/exposiciones_actuales/142

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