Arte esquizofrénico: cuando el inconsciente toma el poder

Por Bárbara ARANGO @barbiturica_

A lo largo de la historia, la locura y las desviaciones de la consciencia siempre han sido motivo de exclusión social o incluso síntoma de posesión demoníaca. No obstante, con el auge de las teorías psicoanalíticas y las nuevas corrientes pictóricas a partir de finales del s. XIX comenzaron a ver la luz los pensamientos menos comunes, las ideas irracionales, los sueños, delirios y paranoias.

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Salvador DALÍ El ojo (1945)

A partir de las teorías filosóficas y psicoanalíticas que se habían desarrollado previamente, la concepción de la realidad como algo únicamente relacionado con lo material cambió radicalmente hacia un interés casi obsesivo por conocer los entresijos de la mente humana y la experimentación con las realidades alternativas que ofrece nuestro subconsciente. Las pinturas realizadas por enfermos mentales comenzaron a adquirir interés paulatino en los círculos artísticos y poco a poco se convirtieron en toda una referencia para las vanguardias, en las que se buscaba sobretodo esa relación con el más allá. Los locos no fueron si no los pioneros del surrealismo.

Del interés por esta nueva forma de acceder a nuestra mente y nuestro subconsciente surgieron muchos de los movimientos más importantes de principios de siglo; los surrealistas comenzaron a sumergirse en sus sueños o a consumir estupefacientes en busca de nuevas formas de entender la realidad, ya no únicamente como un valor objetivo, si no como algo a explorar dentro de la individualidad de la propia mente mediante los mecanismos automáticos o inconscientes. Artistas como Dalí, Maruja Mallo o René Magritte experimentaron con imágenes de conceptos y representaciones tangibles de lo imaginario de maneras que tan sólo 50 años antes habrían resultado prácticamente pecaminosos.

Las enfermedades mentales adquirieron un protagonismo clave en el panorama de la época con la aceptación de esta nueva ventana a la mente por parte de la academia y comenzaron a popularizarse obras pintadas por esquizofrénicos que mostraban una nueva manera, repetitiva, obsesiva e incluso escalofriante de plasmar algo en un cuadro o un papel. En muchas ocasiones estos dibujos formaban parte de una terapia o simplemente eran usados por los pacientes para aliviar sus tensiones o frustraciones, generalmente con un lleno absoluto del espacio en figuras repetitivas y caóticas, juegos imposibles de perspectivas y geometrías angustiosas o mediante la transformación de realidades hasta casi el delirio. El conjunto de esta muestra se cita en los libros de arte como Art-Brut, pues a pesar de que cada autor es un mundo encerrado en sí mismo, muchas de las composiciones comparten rasgos comunes. De pronto, el estigma de la esquizofrenia estaba al alcance de todas las miradas, explicado en intrínsecos laberintos o figuras minúsculas tratadas con extrema delicadeza que de pronto se convertían en caos o se ordenaban casi obsesivamente en líneas perfectamente limpias los entresijos de esa otra realidad.

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Marge GIL Sin título (año desconocido)

Artistas como Paul Dösch, Madge Gill o Adolf Wölfli exploraron estos tipos de abstracción en imágenes dominadas por ojos abiertos, rostros desesperados, pasillos, espirales y en general un delirio psicodélico barroco que llenaría todo el espacio. Otros, como el mexicano Martín Ramírez se decantaron por la limpieza aséptica de la línea recta, creando escurridizos laberintos y caminos plagados de trampas visuales y de perspectiva, mientras que Kurulek y Van Genk plasmarían el temor a los espacios abiertos, las situaciones cotidianas y las personas, en una representación más evidente del mundo real y cómo este se torna a los ojos de la distorsión.

Mucho más escalofriantes son las ilustraciones de Henry Darger, otro paciente esquizofrénico que si bien no puede integrarse en los valores estéticos del Art-Brut representa otra de las facetas de la enfermedad mental no tan fácil de aceptar pero igualmente muy interesante en sus cuadros de estética naïf, colores claros y representaciones infantiles enmarcados en situaciones de extrema violencia o con una carga sexual implícita que nos crean una sensación muy similar a la que se experimenta al rodearse de cuadros de otros esquizofrénico, Louis Wain, quien pintó gatos durante toda su vida y por lo tanto durante la evolución de su enfermedad, facilitándonos una comprensión más profunda del progresivo efecto que esta disociación de la realidad tiene sobre la percepción de las imágenes más comunes.

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Louis WAIN The botanist (año desconocido)

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Todas estas representaciones de una consciencia interna y automática supusieron la inspiración para multitud de movimientos y artistas posteriores e impulsó aún más el interés por el autoconocimiento, la función terapéutica del arte y las representaciones del inconsciente mediante a experimentación con drogas, meditación u otros métodos que nos ayudan a la comprensión de todo aquello que se encuentra dentro de nosotros y puede tan aterrador como fascinante. Supone además el fin de la dictadura de lo bello, proponiendo nuevas estéticas hasta entonces censuradas por su dureza o ser consideradas inapropiadas, impulsando la evasión progresiva de la realidad hacia nuevas maneras de percepción plenamente subjetivas.

Actualmente, este individualismo o interés por la introspección se puede ver reflejado en gran multitud de artistas que intentan transgredir con las corrientes colectivas en un intento de experimentar consigo mismos y con su arte, como es el caso del también esquizofrénico y español David Nebreda cuyas fotografías no aptas para todos los públicos nos muestran cómo se puede manifestar la enfermedad en el s. XXI o los proyectos de artistas como Bryan Lewis que basan sus trabajos en el consumo de la gran variedad de drogas a las que tenemos acceso cada día, mostrando cómo cada una de ellas puede moldear nuestra manera de percepción y expresión y las consecuencias que estas variaciones pueden tener en nuestra concepción no sólo de nosotros mismos sino también del contexto que nos rodea.

Autorretratos de Bryan Lewis tras el consumo de distintas sustancias: valium, sales de baño, LSD, cristal o aripiprazol

El arte esquizofrénico y en general todas las vías de acción automática desde el subconsciente nos permiten el acceso a un mundo que hasta hace poco nos era un completo extraño a pesar de encontrarse precisamente en nuestro interior, la normatividad del arte cae bajo su propio peso en favor a proyectos cada vez más individualistas y conceptuales en los que lo que se nos revela no es una estética concreta o una finalidad artística más allá de la misma necesidad de creación buscando comprender el microcosmos que supone cada mente humana.

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