Casagemas, a la sombra de Picasso

Por Cristina GREGORIO @CriispiCriispi

Si eligiéramos al azar a una persona por la calle para preguntarle quién era Pablo Picasso, a buen seguro ese individuo, aun no siendo un gran entendido de arte,  sabría responder que fue un pintor español. Otras personas, ya dependiendo de su conocimiento en el tema, podrían añadir que era malagueño y que perteneció y encabezó esa corriente artística que de manera casi poética refleja la realidad mediante formas geométricas. Otros añadirían que es el autor del Guernica, que era un gran aficionado a los toros, a la par que mujeriego, y un sinfín de comentarios más.

Es curioso ver cómo mientras algunos artistas, como Picasso, se han enaltecido a lo largo del tiempo y su obra ha quedado grabada en la memoria colectiva, otros genios del arte han pasado totalmente desapercibidos. Algunos no han sido tomados en cuenta hasta después de su muerte, como en el caso de Van Gogh, y otros muchos ni siquiera han llegado a ser mínimamente vanagloriados después de ésta, como podría ser el caso de Casagemas.

Autorretrato, Casagemas

Carles Casagemas. Autorretrato. (1900)

Carles Casagemas forma parte del grupo de esos artistas desconocidos para el gran público. Si buscamos su nombre en algún manual convencional de arte no aparece ningún dato sobre él, o como mucho alguna mención secundaria por haber sido íntimo amigo de Picasso.  Es sabido que han sido muchos los grandes genios que por un motivo u otro se han quedado en el tintero, y por ello actualmente se han realizado innumerables intentos por parte de comisarios o historiadores de arte por sacar a la luz aquellas obras que permanecen  a día de hoy olvidadas. Concretamente, el Museo Nacional de Arte de Cataluña quiso rendirle un homenaje a Casagemas hace un par de años a través de la exposición Casagemas. El artista bajo el mito, en la que se exhibieron algunas de sus obras inéditas. Este encuentro cultural desenterró fugazmente la figura del artista, aunque sigue ahondando sobre él un auténtico aura de misterio, por los pocos e intrigantes datos que se saben de su vida y porque la mayor parte de su producción ha desaparecido. Entonces, ¿qué es lo que hace tan llamativo a Casagemas? La respuesta es: la manera en la que le sucumbió el ritmo de la vida bohemia de aquel entonces; la forma en la que llevó al límite la manifestación del gran amor que sentía por una mujer, y lo más importante; la manera decisiva en la que influyó y marcó para siempre la producción artística de Picasso. Sin Casagemas, no existiría la Etapa azul.

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Dona en un cafè (1900-1901)

Carlos Casagemas nació en Barcelona en el año 1880. Se crió en el seno de una familia acomodada, por lo que nunca conoció lo que era pasar por dificultades económicas. Desde joven ya destacó por su arte y buen hacer a la hora de escribir, y también por su destreza en la pintura. Hay que precisar que en la época en la que vivió Casagemas triunfaba el ideal de la vida bohemia; la vida despreocupada donde se daba rienda suelta a las pasiones, a los placeres, a las alegrías. Aquellos que se dejaban sucumbir por la bohemia vivían  más de noche que de día. Con la luz del sol los intelectuales y los artistas frecuentaban los cafés y los salones de tertulia. Al llegar la noche los lugares favoritos por antonomasia eran los burdeles.

En este contexto se conocieron Casagemas y Picasso cuando ambos contaban con 18 años. Los dos jóvenes aspiraban con ser pintores, por lo que enseguida se compenetraron y comenzaron una bonita amistad. Solían frecuentar junto a otro grupo de jóvenes artistas la taberna barcelonesa Els Quatre Gats, y cuando no se reunían ahí era Casagemas el que solía ofrecer su casa para tal fin. Él y Picasso se volvieron inseparables, y es bien sabido que visitaban con bastante frecuencia los burdeles de la ciudad. Finalmente, comenzaron a compartir piso en la desaparecida calle Riera de Sant Joan, en el Barrio Gótico de Barcelona. Los domingos por la tarde tenían la costumbre de tomar el cremat (café quemado con ron) con pajita, mientras recitaban versos y cantaban Els Segadors, himno catalán que estaba prohibido en aquel momento debido a su rebeldía.

Picasso no estaba pasando en esa época por un buen momento económico. Había roto por completo con sus lazos familiares y sólo contaba con los ingresos procedentes de los pocos encargos que le hacían. Su amigo Casagemas no ponía problemas a este hecho y era él el que se ocupaba de los gastos del alquiler del estudio.  Los dos artistas compartían su ambición por viajar a París y tener contacto con ese ritmo de vida, pues la capital parisina era el caldo de cultivo perfecto donde se gestaban los ideales artísticos y bohemios. Aprovechando que Picasso tuvo la enorme suerte de conseguir exponer una obra suya en la Exposición Universal que allí se celebraba, ambos amigos consiguieron viajar juntos hasta la capital francesa. Este sería, sin lugar a dudas, el episodio que marcó el fatal destino de Casagemas. Todo su deseo y su ansía por conocer París y reinventarse como artista tuvieron como desenlace un final que ni él ni Picasso podían siquiera imaginar.

En París se instalaron en un estudio prestado por Isidre Nonell, y unos días después se les unió Manuel Pallarès, compañero de estudios de Picasso. Los pintores disfrutaron de todas las posibilidades que sólo una ciudad como París podía ofrecerles. En este contexto, los tres artistas conocieron a unas modelos que posaban habitualmente para los expatriados españoles: Laure Gargallo (conocida como Germaine), Antoinette Fornerod y una amiga de ambas llamada Louise Lenoir. El reparto de parejas no se hizo esperar, quedando Casagemas cautivado desde el primer momento por Germaine.  

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Poco tiempo después y tras varias quedadas conjuntas, las tres modelos se instalaron también en el estudio que compartían los pintores, y allí vivieron todos durante una temporada. Desafortunadamente, los problemas de Casagemas no tardarían en llegar. Él estaba tan perdidamente enamorado de Germaine que la pidió matrimonio, negándose ella rotundamente, entre otras cosas porque ya estaba casada con un hombre muy complaciente que le dejaba hacer lo que se le antojase, y por otro lado debido a la impotencia sexual de Casagemas. El joven artista no pudo soportar este gesto de menosprecio y comenzó a intentar aliviar sus problemas con el alcohol y la morfina. Casagemas no era ni por asomo el único adicto a la morfina en aquella época, pues eran muchas las personas, sobre todo artistas, que se volvían adictas a la sustancia opiácea. Sin embargo, el cambio que generaron en él sus vicios y su fracaso amoroso fue brutal, y ni siquiera los intentos de ánimo de su íntimo amigo Picasso surgieron algún efecto en él.

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Pablo PICASSO La muerte de Casagemas (1901)

Era casi inconcebible que alguien pudiera perder la cabeza de esa manera por amor, y cuando el pintor malagueño se lo intentaba hacer comprender a Casagemas, este contestaba con un: “no tengo nada que hacer. Ella es la dueña de mis pensamientos”.  Sus constantes borracheras y su permanente obsesión por Germaine llegaron a tal punto que finalmente Picasso optó por abandonar a su amigo en la ciudad y puso rumbo a Madrid. Es evidente que en este momento Casagemas tocó fondo psicológicamente, hecho que le llevó a hacer lo que hizo. Citó a todos sus amigos, entre ellos Germaine, en una conocida cafetería de París con la excusa de que abandonaría la ciudad para volver a su casa. Una vez allí se puso en pie para dar un discurso, repentinamente sacó una pistola del bolsillo, apuntó a Germaine y la disparó. Pese a que erró el tiro, ella se tiró al suelo aterrorizada por lo que él pensó que había alcanzado su objetivo. A continuación, convencido de que la había matado, se puso la pistola en la cabeza, y diciendo: “Et voilà pour moi!” se pegó un tiro en la sien derecha. Casagemas falleció a las pocas horas. Fue enterrado en París, aunque su tumba ha estado en paradero desconocido hasta hace muy poco tiempo. Una historiadora ha hallado recientemente su modesta tumba en el cementerio de Saint-Ouen, a las afueras de la capital parisina.

Este fue el triste final de un artista que, según los críticos de arte, tenía un futuro tan prometedor que fácilmente habría podido ser uno de los grandes genios del siglo XX.  Fue un personaje excéntrico y enigmático que marcó la singularidad de su obra con su personalidad excesiva.

Tristemente, algunos le seguirán conociendo sólo por ser el amigo de Picasso.

“Fue un auténtico moderno, en el sentido más genuino de la palabra, porque vivió con las antenas conectadas a su entorno artístico”. “No era un marginal, un outsider: era un artista que estaba en el núcleo del arte catalán en una de sus épocas más gloriosas”, apunta Eduard Vallès, historiador y comisario de arte. “Esa situación le permitió actuar de bisagra entre Picasso y el arte catalán, ya que fue él quien le puso en contacto con Nonell, Pompeu Gener y seguramente con Mir”. “En su obra se pueden ver muchos elementos definitorios no solo del modernismo, sino también del posmodernismo. Obras más azucaradas y simbolistas, y piezas más expresionistas”.

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