La carambola: el arte y su historia como juego discursivo

Por Yuval MOLINA @abstraxia

¿Qué pueden tener en común máscaras de tribus africanas, objetos de devoción medievales, la pintura clásica o las creaciones artísticas más contemporáneas? Sobre esto trata la más reciente de las exposiciones del Grand Palais de París en Carambolages. Esta muestra, cuya singularidad atraviesa 184 obras y objetos del arte universal, nos embarca en un viaje artístico donde cada uno crea su propio universo imaginativo mediante la yuxtaposición de obras inusuales que influyeron, como en una cadena, otras creaciones de la historia del arte. Del 2 de marzo al 4 de julio de 2016, el mítico palacio acogerá esta ambiciosa exposición, comisariada por la imponente figura de Jean-Hubert Martin, en su último capricho curatorial que pretende subvertir la idea tradicional de historia del arte colocando al espectador frente a su propia esencia: la expresión del sentimiento, de la experiencia.

Como reza la propia descripción de la exhibición, el asistente es requerido a utilizar sus ojos, imaginación y capacidad interpretativa con un único objetivo: una experiencia de entretenimiento dirigida a un mejor conocimiento global del arte a través de un relato histórico fuera de los cánones explicativos habituales.  Para esto, la exhibición se ampara en la primera exigencia de la actividad artística, la inspiración, postulando que los artistas toman como fuente de iluminación referencias visuales del arte universal que en la mayor parte de los casos no se rige por la lógica categórica encontrada en la historiografía del arte, sino que muchas veces sus influencias obedecen a elementos de lo más variopintos y sorpresivos. Y precisamente de este concepto de sorpresa nace el juego que compone la presentación, cuyo recorrido se encuentra marcado por la curiosa disposición de las obras, que crea una secuencia continua donde cada una depende de la anterior, a la vez que anuncia la siguiente; todo esto siguiendo la dirección señalada, de una hilera a otra, hasta llegar al fin del espacio.

A partir de esta concepción del hecho artístico como una resonancia para con lo ya establecido, se presenta un singular -y casi rocambolesco- decálogo de obras de procedencia, estilos y épocas muy diferentes, dispuestas en un itinerario concebido como un juego de dominó, donde cada obra induce a la siguiente mediante la asociación de ideas o de formas. De ahí el título bajo el que se refugia la exposición casi como un estandarte, carambolage, carambola en español, que da nombre a una característica jugada del billar donde la bola blanca es arrojada de modo que golpee otra bola, y esta a su vez, otra -el símil entre la asociación sugestiva de las obras que conforman la muestra y el billar, en tanto que juego, se hace evidente a lo largo de su recorrido-.

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Friedrich SCHÖDER-SONNENSTERN, Le couple diplomatique (1955)

La disposición de las obras en series responde a la existencia de un elemento común que las dota de una coherencia discursiva, ya sea formal o psicológico, en aras de una mayor libertad reflexiva y una transversalidad que permita relacionar unas obras con otras fuera de un contexto que enturbie la posibilidad comparativa. El objetivo aparente es uno: poner de manifiesto las semejanzas universales que atan -y aquejan- a todos los grupos humanos más allá de categorías espaciotemporales.

Los nexos temáticos actúan aquí como catalizadores que a través de las diversas analogías que se nos van presentando, retratan una cronología deslocalizadora del arte y, por extensión, de los temas humanos presentes en nuestros imaginarios y cosmogonías desde el principio de los tiempos. Problemáticas como la representación del medio natural, nuestra relación con la muerte y el más allá, la dimensión espiritual y lo oculto, la sublimación de lo sexual, el sentido de pertenencia u objetos de veneración, hasta series basadas en elementos más formales como la representación del ser humano, de nuestra arquitectura mental, las formas femeninas, la vestimenta… Este ejercicio de búsqueda recorre desde elementos aparentemente comunes y cotidianos, como clavos o sombreros, hasta la representación del éxtasis hierofánico, la llamada de la religión, el impacto de la comunidad en lo humano o la feminidad. Se trata, por tanto, de cadenas de obras presentadas a modo de juego, en una empresa que se nos presenta como un viaje entre culturas, tradiciones y estéticas vinculadas entre sí por el placer del descubrimiento.

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Joseph HEINTZ “El viejo”, El alquimista (1650)

Más allá de su aspecto más bien sencillo, Carambolages aporta un nueva visión del arte capaz de conciliar la mirada personal del espectador medio y la de cualquier experto, logrando un enfoque que cultive y estimule a pares la curiosidad del visitante. A través de una aproximación transcultural, se presenta también la muestra como un estudio sobre la persistencia de las formas a través de los siglos, que gira sobre la consideración del arte como elemento social y necesario para una mejor comprensión del mundo que nos rodea. Se trata de romper las fronteras hacia una mundialización de lo creativo, manifiesto en la familiaridad de lo suscitado a través de dos o más obras de lugares y épocas muy diferentes. Y es precisamente en pos de esta ruptura que la exhibición se encuentra acompañada por una aplicación móvil descargable con un “programa sonoro” que acompaña a la visita e invita a vivir una experiencia inmersiva a la vez que fomenta una mayor libertad imaginativa, aportando además esa dimensión de transmedialidad que exige una muestra como esta.

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Bartolomeo PASSEROTTI, Alegoría de los cinco sentidos (finales del siglo XVI).

Pero el ingenio de Jean-Hubert Martin va más allá de la propia experiencia curatorial, de la mera organización de la muestra: se trata de explorar también las nuevas posibilidades que ofrece la museografía del mañana, uno de los temas fundamentales en torno al que giran diversas tablas redondas, conciertos y proyecciones, a propósito de la exhibición. Tal es la provocación que suscita la muestra que varios museos han llegado a denegar la cesión de sus obras para la causa, que, lejos de pretenciosa, ha conseguido instaurar el debate sobre el futuro de la museística en las más altas esferas del mundo del arte parisino, creando en el camino una exposición memorable tanto por el virtuosismo de su discurso como por las obras recogidas y su saber disponer, gracias a la siempre poderosa fuerza de artistas como Man Ray, Giacometti, Rembrandt o Boucher.

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Estatuilla mágica, Loango, Congo (1892) y Estatuilla relicaria de santa Walburga (hacia 1800), anónimas.

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