Barroco entre barras y estrellas

Por Daniel VÁZQUEZ 

WASHINGTON D.C.

La National Gallery of Art, cercana al corazón de Washington D.C y circundada por algunas de sus principales arterias, se ha constituido desde hace décadas como uno de los máximos templos consagrados al Arte en Estados Unidos. Su estructura, descaradamente neoclásica y coronada por una cúpula que parece hipnotizar con su forma convexa el ojo del transeúnte, guarda un solemne silencio estoico ante la mirada de la imponente embajada canadiense. Pocos adivinarían a simple vista su debilidad, o quizás su secreto latido, de acento holandés y flamenco.

Su no exigua colección de obras surgidas en aquellas escuelas artísticas que fijaron sus respectivas capitales en las ciudades de Ámsterdam y Amberes, es motivo de orgullo para la institución. Nada más entrar en los amplios salones que guardan celosamente algunos tesoros de las escuelas holandesa y flamenca, los muros revestidos de madera y el sonido de los pasos que parecen templarse a sí mismos ya nos anuncian que pisamos tierra casi sagrada.

Los ojos de aquellos que tuvieron el privilegio de ser retratados por el sempiterno Rembrandt nos observan sin disimulo. Una atmósfera de claroscuros no tarda en comenzar a rodearnos, desde los más tibios como en El molino (1650) a otros más acusados como en El Descenso de la Cruz (1634). Todo está impregnado por la firma del maestro holandés de las luces, las sombras y el distintivo matrimonio de ambas.

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National Gallery of Art, 2015 (Foto. Daniel Vázquez)

Aunque pudiera parecer increíble, no suele ser Rembrandt el artista al que suelen venir a rendir honores los visitantes, muchos de ellos con paso vago y confuso. En un rincón, a modo de reducido “schilderijkabinet”, nos encontramos con el alabado Johannes Vermeer flanqueado por las apetitosas naturalezas muertas de artistas como Jan Weenix, Willem Kalf o Willem Claesz Heda, y por las marinas de Aelbert Cuyp, Jan van Goyen, los procelosos mares de Willem van de Velde “el Joven” y otras obras donde aparece algún que otro barco con pabellón español que nos recuerdan aquel periodo histórico en el que España había desterrado la palabra “confín” de sus diccionarios.

Johannes Vermeer es el intrigante pintor cuya predilección por las transiciones entre tonos azulados y amarillentos pugnaba con la luz y los brillos domésticos insospechados. Pocos despiertan aquí tanto interés y curiosidad, siendo difícil a veces entrar en el pequeño lugar en el que se aglomeran los visitantes para ver algunas de sus obras. Incluso Jan van der Heyden y su escena de un tranquilo canal holandés quedan completamente eclipsados para el público.

Desde septiembre, la National Gallery of Art ha tenido el privilegio de exponer Mujer de azul leyendo una carta (1664), una de las obras paradigmáticas del autor barroco que abrió a la posteridad una ventana para asomarse a los penumbrosos ambientes cotidianos de los Países Bajos del siglo XVII. Ahora, el cuadro se encuentra de vuelta al Rijksmuseum para ocupar el lugar que le corresponde. La muchacha, cuyas pupilas todavía se hallan perdidas en la carta que sostiene, regresa a su hogar por Navidad.

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Johannes Vermeer, Mujer de azul leyendo una carta, 1664

De todas formas, los futuros visitantes siempre pueden contemplar dos obras permanentes de Vermeer en el museo, siendo la más destacada Mujer sosteniendo una balanza (1664) un magnífico lienzo donde la maestría del artista confiere a las perlas representadas el brillo inefable de las más prodigiosas estrellas. Así es Vermeer, capaz de entregar a los simples objetos la luz de los astros en connivencia con aquella máxima de Novalis que defendía otorgar “un sentido elevado a lo vulgar, un porte misterioso a lo habitual, la dignidad de lo desconocido a lo conocido, una apariencia infinita a lo finito”.

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National Gallery of Art, 2015 (Foto. Daniel Vázquez)

Siguiendo nuestro recorrido, en tal santuario barroco no podía faltar una inmersión nada desdeñable en la escuela flamenca de la mano de pintores como Jan Brueghel, Hendrick van Steenwijk, David Teniers y sus tabernas abarrotadas de campesinos entregados al alcohol y el juego, o Frans Snyders. Aunque no hay duda de que la National Gallery of Art entrega los tronos de la escuela flamenca a Rubens y a su pupilo Anton van Dick.

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Pedro Pablo Rubens, Daniel en el foso de los leones, 1615

El aliento se esfuma ante Daniel en el foso de los leones, donde Rubens proyectó a un suplicante Daniel rodeado de fieras bestias cuyas expresiones son todo un alarde de prodigiosidad del maestro flamenco. Van Dyck, en cambio, posee una sala completamente dedicada a sus retratos de la pomposa aristocracia del Barroco que, difuminada ya en las tintas del tiempo, sigue conservando la altivez de su mirada.

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National Gallery of Art, 2015 (Foto. Daniel Vázquez)

Finalmente, no podíamos marcharnos sin visitar la escueta muestra de pintura barroca procedente de España que el museo estadounidense posee. En una sala de grisáceos muros, las Dos mujeres en una ventana (1670) de Murillo nos miran no demasiado distantes de su emotivo Regreso del hijo pródigo (1668). También Velázquez se halla presente con La costurera (1649) y Zurbarán aún pervive en su Santa Lucía (1625). Un reducido testimonio del Barroco español al otro lado del océano Atlántico, muy lejos de allá donde se originó.

Despedirse de la National Gallery of Art nunca es definitivo. Siempre nos vuelve a asaltar un pálpito nuevo que nos empuja a redescubrir sus recovecos y sus atesoradas obras. Sea como sea, los cuadros tras estos muros nunca vuelven a ser los mismos, diría incluso que se transforman con cada visita, ¿o somos nosotros los que cambiamos?  

ENLACES DE CONSULTA:
https://www.rijksmuseum.nl/en
http://www.nga.gov/content/ngaweb.html
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